lunes, 3 de enero de 2011

Cuaderno de tapas azules

ManYi desciende del tren en la Estación del Norte de Valencia. Llueve regularmente, como todas las tardes de septiembre. Ha atravesado el vestíbulo, decorado con mosáicos y azulejos. Entre los pilares aparece la inscripción "Buen Viaje" en varios idiomas, sonrie al reconocer el ya familiar alfabeto cirílico y los oídos se la llenan de cariñosas palabras eslavas que recorrieron nueve mil kilómetros para quedarse prendidas en sus aretes .
Bajo la marquesina de estructura metálica espera un taxi, contempla los adornos de flores de azahar y naranjas que decoran el edificio modernista. Saca del bolso un cuaderno escolar de tapas azules y lee unas líneas de apretada caligrafía, tinta azul casi violeta ya, escritas furtivamente bajo el pupitre de un niño de cinco años.
Ordena al taxista que de una vuelta por la plaza del ayuntamiento anes de ir a la playa de la Malvarrosa. Puestos de flores, palmeras y suelos de mármol color corinto.
El taxi la deja en la calle Eugenia Viñes, desde el otro lado de las casas novecentistas de los pescadores le llega una brisa salitre que huele a medierráneo fenicio, romano, berberisco.
Cruza la calle y a la derecha ve el puerto. Recuerda fotos sepia de 1939; niños tristes se aúpan, a la borda de un barco de bandera mejicana, sus ojos se llenan de imágenes para el exilio, de desesperación, de rabia sorda contra un partidista y cobarde Comité de No-Intervención que estranguló una joven república tricolor.
Se descalza y camina hacia el norte, el mar a su derecha.
Busca puntos descritos en el cuaderno de tapas azules.
En el paseo reconoce el hospital Nuestra Señora del Mar, más adelante las cariatides le confirman la casa de Vicente Blasco Ibáñez. Se adentra un par de metros en el mar, ese mar que fue la pila bautismal de un bucanero tardío, que le cubrió de sal sus rizos rebeldes.
Regresa al paseo, y reconoce las arrocerías al borde de la playa, por sus toldos de rayas azules y blancas.
Sentada en un banco de piedra, frente a una fuente de delfines, se sacude la arena de las plantas de los pies, tiene una pequeña irritación en el empeine y un alga se le ha quedado pegada en la cicatriz de la rodilla.
Se calza sus suaves botas de tacón plano y camina sin perder de vista las atarazanas del puerto.
Ya ve la columna con el águila.
En la acera derecha de la avenida del puerto, tal y cómo indica el cuaderno, está el bar que una tarde de lluvia en un colegio de monjas un niño llamó "La Taberna Pirata".
Entra y se sienta junto a la ventana. Deposita el cuaderno sobre el mármol de la mesa.
Cierra los ojos y respira el ambiente cargado de recuerdos, escucha con el corazón conversaciones de contrabandistas que tuvieron lugar hace cuarenta y nueve años.
Ve mapas de islas del tesoro, la sonrisa de Long John Silver, once hombres que van en el cofre del muerto, cartas marinas, cuchillos de abordaje, cuadernos de bitácora que en el año 2020 se llenarían, milagrosamente de haikus enamorados de estrellas fugaces, lunas de la selva y diosas célticas.
Se levanta y abandona el bar, el cuaderno se queda sobre la mesa.

No lo ha olvidado, lo ha devuelto al espejo sin azogue de los recuerdos de alguien que vive en ella

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